El incómodo espejo callejero quiteño: viral, violento y cotidiano

El contenido se hace viral. La gente comenta, critica, juzga. Identifica. Lanza datos. Un “error” basta para exponerte sin contexto y sin defensa. Como sociedad, nos estamos construyendo —y desdibujando— desde la reacción impulsiva: opinamos desde la ira, respondemos sin pausa, y convertimos cualquier escena en espectáculo, sin medir el impacto ni la humanidad de quienes están del otro lado.

Hace unos días, las calles del Quito tenis (reconocido barrio quiteño) fueron escenario de una escena de terror: un hombre se baja de su auto, y después de chocar a otro, empieza a insultar al conductor -quien iba acompañado de una menor de edad-. Los sucesos no tardan en regarse, y...

...y entonces aparece un video: un auto se detiene, una puerta se abre, un hombre se baja, grita, invade el espacio del otro, pierde el control. Alrededor, la ciudad sigue (y otros graban lo que pasa). Este hombre cruza toda línea. No hay matices cuando se cruza una línea así, no es “un mal día” ni “algo que a cualquiera le puede pasar”. Es una decisión: exponerse, agredir, imponerse desde la violencia, sobre todo no tomar en cuenta la presencia de una menor de edad y continuar con la agresión.

¿Acaso nos hemos vuelto insensibles? ¿Nos acostumbramos a que la agresión sea una forma legítima de respuesta? Lo preocupante es que escenas como esta ya no sorprenden tanto como deberían. Se comentan, se comparten, se olvidan...y lo más preocupante: se integran al ruido de lo cotidiano, se normalizan. La violencia gana validez y se vuelve parte del repertorio diario.

Pero hay otro ángulo que no se puede ignorar: el de la exposición. Hoy, cualquier persona puede protagonizar una historia que no controla, y eso expone al máximo su identidad, y pone a su reputación en un paredón. No hay estrategia de comunicación que alcance para revertir una imagen así.  El riesgo reputacional ya no es un concepto lejano ni exclusivo de empresas o figuras públicas, está en cada interacción, en cada reacción, en cada momento en el que alguien decide actuar sin filtro.

Hoy, 15 de abril, quien inició la agresión emitió un comunicado: escueto, infantil, mal trabajado. Es el comunicado digno de un ególatra que, casi dos semanas después del suceso, es "obligado" a reaccionar y solo dice "ya, ya, ¿disculparme? Ahí tienen, confórmense con eso". Un comunicado de ese "calibre" no corrige, no soluciona, no es válido para el daño emocional (sobre todo de la niña). El comunicado es poner un remiendo con hilo en una tela gruesa y estirada: se va a romper más temprano que tarde. 


Como sociedad, tenemos una tarea pendiente: dejar de mirar estas escenas solo como contenido viral -no es "grabar" es procurar intervenir desde nuestras trincheras, pasar de ser "el curioso" a ser "el actor". Todos podemos tener un mal día, todos podemos reaccionar mal, pero la violencia no es justificable en ningún escenario, y si eso sucede (por mala suerte) tomar parte y responsabilidad es lo mínimo que puedes hacer: una reputación manchada no se limpia con un comunicado carcoso, y un conflicto de volantes no se resuelve con violencia (en realidad, la violencia jamás es la vía). Y entonces, un comunicado para ofrecer “disculpas” poco o nada hace. Aceptar y pedir una sanción, por lo menos. Pero no, este señor no fue capaz ni de pedirle a ChatGPT que le ayude a ponerle un poquito más de humanidad a sus asquerosas y frías letras, porque claro, para una persona que naturalmente piensa poco, y que actúa con las vísceras, ni la “ayuda” serviría. 

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