El lugar de las horas
Es un día de semana, y a las mamás (a veces) el fin de semana nos “queda debiendo” algo de descanso. Algo de horas de sueño, de comida caliente, de dolce far niente. Como si a la vida le faltaría ese botoncito (como en las viejas grabadoras) para ponerle pausa al cassette.
Las horas transcurren en las infinitas veces en las que subes y bajas gradas, en los x vasos con agua que sirves, en los x pañales que cambias. Se van, y caen como piedras lanzadas al mar: perdiéndose entre algo de olas, espuma, sonido y silencio.
Parece que casi no te das cuenta: entre ese vertiginoso y delicioso ritmo que agarra la vida, te dejas ir por una montaña rusa llena de adrenalina, de vacíos en el estómago. De la gana de “pasar por go”, como en el monopolio, para decirte ganador del juego, o pasar a la siguiente etapa.
Te levantas a diario (gracias al despertador gratuito: los hijos) y les miras: ¿crecieron en 24 horas?
Les preguntas y te responden que sí, que ojalá pronto sean grandes. Les acunas y divagas en las ganas infinitas de que vuelvan a ti, al interior, a esa pequeñez frágil.
Les miras, creces con ellos (entre el cansancio, las gripes sin reposos y los juguetes esparcidos como escarcha en toda la casa). Les miras, y ves que son tu compañía permanente, la genuina, la que no se va.
Quisieras encontrar ese refugio de las horas, saber a dónde fueron, pero no es fácil: ya no están. Quisieras rendirte, te quiebras, y te levantas. Y viene un niño de 5 años y pico que enseña que, si los hijos vendrían con manual de instrucciones, no serían personas, sino carros a control remoto. Y una niña de dos años te abraza sin razón aparente, como queriendo “arreglarte” algún descompuesto.
Le das vueltas al verano y cuentas los días para la escuela. Luego, les miras y te ves en sus pupilas, como si fueran espejos, sin que ellos sepan que ahí, en el centro del iris, te reflejas pequeña, frágil, tan ansiosa del tiempo, con tantas ganas de crecer…pero no “como ellos”, sino solo “para ellos”.



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