De la primera, a la última
Son las 21h00. Mis hijos duermen, ambos en mi cama, porque a esta mamá le cuesta mucho (o un poco) llevarlos a cada cuarto cuando las noches son frías, y cuando la energía eléctrica puede abandonar la casa en cualquier momento. Mejor todos juntos, abrazados, y así nos calentamos hasta el corazón. Para las mamás, cerrar los ojos es casi un lujo, entonces, cuando en medio del silencio podemos dedicar un momento a pensar (con algo más de claridad y menos gritos), y cuando parece demasiado temprano para dormir (alerta spoiler: esto...¡es una trampa! siempre vas a pensar que es demasiado temprano para descansar, encontrarás una y mil cosas que hacer y luego verás el reloj con desprecio, porque tienes poquísimo tiempo antes de que llegue el día siguiente).
Cerrar los ojos va perfecto con soñar (despierto) y con mirar al día como si se tratara de una cinta de VHS en modo rewind. Te pasan por la mente los momentos locos de la mañana, vistiendo a los niños para la escuela y tratando de entender por qué la prisa de los adultos no empata con la paciencia de los niños. Te vuelven a la cabeza las horas "libres" de la mañana, en las que -siendo mamá- tratas de acomodar tus actividades sociales, laborales, de esparcimiento, etc. Y eso resulta, casi casi, como tratar de acomodar las piezas de algún juguete exactamente igual a como vinieron en la caja cuando nuevas (osea, bastante difícil o casi imposible). Te vuelves, aún con los ojos cerrados, a las incontables veces en las que pasaste vasos, lavaste fruta, lavaste manos, pasaste juguetes, recogiste los legos y los llevaste de vuelta a su caja (y los volviste a recoger una, y otra y otra vez porque escaparon de nuevo justo cuando te descuidaste recogiendo alguna otra cosa).
Pasan por tu mente las mil veces en las que te amarraste el cabello y limpiaste de tus lentes un montón de diminutas huellas dactilares (una, y otra y otra vez) porque la cara de mamá es un divertido lienzo, y porque esos juegos a la peluquería no son gratis, y ningún moñito bien acomodado sale bien librado. Con tres sorbos de café, el sueño que quería llegar emprende de nuevo carrera hacia esquinas desconocidas e imposibles de divisar: y aún con los ojos cerrados, y en otro momento abiertos, mientras repasas esas facciones chiquititas, te vuelves a las primeras veces: las primeras palabras, la primera comida, los primeros pasos, la primera caída, la primera gripe, el primer encuentro con pañales perfumados, el primer "accidente" sin pañal...y así, entre idas y venidas, la mente se dispersa y se nubla, y empieza la tarea de escalar unos tres Everest para así encontrar a esas primeras veces con fecha exacta, con el recuerdo exacto del momento: ¿cuándo fue la última vez que cambié un pañal? ¿que escuché un balbuceo? ¿que salimos con la pañalera llena de mudadas de cambio, cobijas, papillas y biberones?
Con la mente llenita de recovecos, va a ser tarea dura encontrarte con esos recuerdos de nuevo, con esos olores deliciosos a recién nacido, con el latido cerquita y pecho a pecho que quisieras que se quede para siempre. Los hijos son dadores innatos de las primeras veces y en el frenesí del camino, podemos perderlas tanto de vista, que sin darnos cuenta, llega "la última vez" y no nos dimos siquiera cuenta. Llegó el último pañal, la última voz chiquita...y cambió por la voz gruesa y adolescente, por las fiestas y los proyectos del colegio, por esas primeras veces que seguirán llegando, y que sin tardar mucho, van a ser las últimas.
Con agotamiento, un recuerdito metido en el ojo, y con 12 pañales restantes de la última caja comprada,
Esta mamá de dos preciosos (y todavía pequeñitos) seres humanos ❤️
%2021.34.02.png)


Comentarios
Publicar un comentario